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Quién sabe si ayudado por la recesión económica, o por esa especie de entropía urbana que Manuel Delgado llama la resistencia de la urbe, la gentrification empezó a recular. Los grupos hosteleros empezaron a cerrar sus locales de la Rambla del Raval.

Los irritantes vecinos de toda la vida, contra todas las previsiones, no se fueron. De hecho, siguen aquí. Y el crimen, lejos de responder a las ordenanzas por el civismo, ha aumentado estratosféricamente, obligando a los vecinos y comerciantes a movilizarse. En todo caso, el Raval vuelve a encarnar su tradicional papel de grano en el culo de la ciudad. No hay ninguna ingenuidad en decidir que un barrio deje de servir los intereses de la gente que vive en él, desmantelar su tejido comercial y vendérselo a la industria turística.

A esa situación no se llega por accidente. Lo ingenuo es creer que esa ruptura de un ecosistema ya precario no iba a generar el "efecto llamada" de una nueva clase criminal. Una nueva clase criminal en toda regla, literalmente fuera de la ley, es decir, intocable por ella. Traficantes a los que no se puede encerrar por ser demasiado jóvenes, prostitutas a las que no se puede deportar por no tener papeles, etcétera.

Las nuevas intervenciones urbanísticas deben "derribar barreras" para convencer a los turistas de acceder al Raval por la zona de Santa Mónica. Llamamos de nuevo, pero uno de los acompañantes advirtió: Apartémonos porque van a echarnos un balde de agua. Hay veces que no es agua lo que arrojan-.

A esta sazón abrieron la puerta para dar salida a un grupo de soldados y marineros y casi al mismo tiempo se vio a la misma mujer en la ventana que dijo: Era un portal oscurísimo y una escalera sucia, estrecha y rechinante. Antes de llegar al segundo tramo, de la parte de arriba y de un farolillo opaco surgido de pronto, brotó una luz que apuñaleó las sombras. Entramos a un saloncillo y ahí vimos a varias mujeres fumando con toda indiferencia.

Avanzamos por un pasadizo, alumbrado solo por el reflejo que nos llegaba de delante. Allí pasamos bajo un tragaluz, que en aquel momento tragaba sombras, pero que nos obsequió con una bocanada de aire puro.

Era tan indecente y asqueroso lo que allí se desarrollaba entre aquellas hembras zarrapastrosamente aliñadas -si así puedo decirlo- que temo no poder conservar la relativa pulcritud y me abstengo de contarlo Describiré un poco el salón y luego describiré lo que allí vamos a ver.

Ya he dicho que este era dilatado. Adosados a la pared en todo su derredor, había escaños. Estos los llenaban totalmente: Los soldados eran de todas la armas, y por ende, variaban los colores y los distintivos de los uniformes.

A causa de no haber asiento para todos, discurrían aquí y allí parejas de prostitutas y soldado y grupos de obreros que llenaban totalmente aquel dilatado recinto. Aquel a quien tocó en suerte recibir el as de oros, tiene derecho a escoger la mujer que quiera de las que estuvieran presentes.

Mas no era eso propiamente dicho lo que iba a contar. Cuando se distribuían las cartas, pude observar a quienes se iban entregando. Pues, entre los soldados y obreros, se veía gran copia de niños de una edad que fluctuaba entre los doce y dieciséis años.

Justamente a uno de cortísima edad le tocó el as en la primera distribución que vi, y luego se marchó con por un pasillo con su meretriz, vieja zorra que podía ser su abuela. La llegada de gente de diferentes países suponía en cierto modo un estímulo, algo exótico.

Nuevos aires recorrían las calles del barrio chino , aires que en cierto modo traían consigo higiene y elegancia a las noches del lupanar. El submundo y el negocio clandestino tenían su refugio en el barrio chino , el barrio donde todo ocurría. Fueron tres sus propietarios y tres por tanto sus etapas, siendo la que cubre el periodo de años entre la que recuerdan con mayor esplendor los textos. En el texto se hacía mención a los locales que no cumplían el reglamento de rejado.

Un burdel de 5 estrellas. El salón también contaba con exquisitos muebles y cortinajes. La categoría del establecimiento quedaba demostrada con un añadido servicio de restaurante.

Empezaron también las concesiones masivas de licencias para apartamentos turísticos y hoteles entre y se concedió en el distrito una media de una licencia hotelera por mes. Hace dos años, el modelo que se había aplicado al barrio simplemente se colapsó. Quién sabe si ayudado por la recesión económica, o por esa especie de entropía urbana que Manuel Delgado llama la resistencia de la urbe, la gentrification empezó a recular.

Los grupos hosteleros empezaron a cerrar sus locales de la Rambla del Raval. Los irritantes vecinos de toda la vida, contra todas las previsiones, no se fueron. De hecho, siguen aquí. Y el crimen, lejos de responder a las ordenanzas por el civismo, ha aumentado estratosféricamente, obligando a los vecinos y comerciantes a movilizarse. En todo caso, el Raval vuelve a encarnar su tradicional papel de grano en el culo de la ciudad.

No hay ninguna ingenuidad en decidir que un barrio deje de servir los intereses de la gente que vive en él, desmantelar su tejido comercial y vendérselo a la industria turística. A esa situación no se llega por accidente. Lo ingenuo es creer que esa ruptura de un ecosistema ya precario no iba a generar el "efecto llamada" de una nueva clase criminal.

Una nueva clase criminal en toda regla, literalmente fuera de la ley, es decir, intocable por ella. Un artículo envuelto entre la historia y la leyenda, entre lo moral y lo inmoral. Bienvenido al Barrio Chino. Bastaba solo tener los ojos abiertos". El mundo barcelonés de los burdeles se localizaba entre el plano que formaban las calles Cid, Migdia, Paracamps, Porta de Santa y Pararel. Los milagros sucedían y las promesas se otorgaban de forma generosa.

El hampa y la migración terminaban de dar forma a un paisaje pincelado con movimientos de provincia, bases proletarias, picaresca y ganas de divertirse en un barrio castigado por el hambre y la miseria de principios de siglo. Las Rifas de mujeres en las casas de lenocinio. La prostitución en el barrio chino estaba determinada por la pobreza, la miseria, el hambre, la necesidad y la supervivencia. La picaresca de la noche y el artificio de la inteligencia no tenían límites.

Llamamos de nuevo, pero uno de los acompañantes advirtió: Apartémonos porque van a echarnos un balde de agua. Hay veces que no es agua lo que arrojan-.

A esta sazón abrieron la puerta para dar salida a un grupo de soldados y marineros y casi al mismo tiempo se vio a la misma mujer en la ventana que dijo: Era un portal oscurísimo y una escalera sucia, estrecha y rechinante.

Antes de llegar al segundo tramo, de la parte de arriba y de un farolillo opaco surgido de pronto, brotó una luz que apuñaleó las sombras. Entramos a un saloncillo y ahí vimos a varias mujeres fumando con toda indiferencia. Avanzamos por un pasadizo, alumbrado solo por el reflejo que nos llegaba de delante. Allí pasamos bajo un tragaluz, que en aquel momento tragaba sombras, pero que nos obsequió con una bocanada de aire puro.

Era tan indecente y asqueroso lo que allí se desarrollaba entre aquellas hembras zarrapastrosamente aliñadas -si así puedo decirlo- que temo no poder conservar la relativa pulcritud y me abstengo de contarlo Describiré un poco el salón y luego describiré lo que allí vamos a ver. Ya he dicho que este era dilatado. Adosados a la pared en todo su derredor, había escaños. Estos los llenaban totalmente: Los soldados eran de todas la armas, y por ende, variaban los colores y los distintivos de los uniformes.

A causa de no haber asiento para todos, discurrían aquí y allí parejas de prostitutas y soldado y grupos de obreros que llenaban totalmente aquel dilatado recinto. Aquel a quien tocó en suerte recibir el as de oros, tiene derecho a escoger la mujer que quiera de las que estuvieran presentes.

Mas no era eso propiamente dicho lo que iba a contar. Cuando se distribuían las cartas, pude observar a quienes se iban entregando. Pues, entre los soldados y obreros, se veía gran copia de niños de una edad que fluctuaba entre los doce y dieciséis años.

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